Diferentes aspectos del coraje.
Cuando hablamos del enojo, podemos abarcar desde una simple molestia, hasta la ira sin control.
Esto sucede, porque cada persona califica la fuerza de sus emociones y la importancia de los hechos, de una manera muy personal.
La intensidad de nuestro enojo, no depende sólo de la gravedad de la situación que vivimos, esta determinada por:
Nuestra personalidad,
las experiencias que vivimos en el pasado y
nuestra forma de pensar, analizar y calificar lo que sucede.
Podemos tener problemas para manejar el enojo, porque muchas veces nos cuesta trabajo reconocerlo o aceptarlo.
Cuando nos enojamos con frecuencia, podemos no darnos cuenta de ese coraje o no reconocer su intensidad, porque puede ser parte de nuestra forma de ser.
Otras veces nos cuesta trabajo aceptarlo, porque:
Estamos acostumbrados a negar nuestras propias emociones,
calificamos negativamente al enojo o a la gente que se enoja
Pero sólo reconociéndolo, podemos hacer algo para manejarlo, expresarlo adecuadamente o eliminarlo?
Recuerda que negar el coraje, no impide que te afecte físicamente y que aumente tus problemas.
Existen algunas manifestaciones del enojo, que son aún más difíciles de reconocer y que necesitamos distinguirlas del coraje:
El coraje tiene un principio y un fin.
Puede variar su intensidad y duración, pero está relacionado a personas, situaciones y pensamientos específicos.
En el momento de mayor intensidad, el enojo puede extenderse hacia otras personas o sucesos.
Cuando dicha intensidad disminuye, se vuelve a concentrar en las causas que lo originaron.
Con el paso del tiempo, el coraje se desvanece o sólo lo sentimos cuando vemos o pensamos en la persona que lo provocó.
Pero la situación se vuelve diferente, cuando se trata de enojo crónico.
Hablamos de enojo crónico cuando estamos enojados una gran parte del tiempo.
Cuando casi cualquier cosa o persona "nos pone de mal humor".
No nacemos con la tendencia al enojo crónico.
Podemos nacer con una mayor sensibilidad a ciertos estímulos y a reaccionar con mayor facilidad.
Pero aprendemos a controlar y a expresar adecuada o inadecuadamente nuestras emociones.
Permitir que nuestro enojo crezca y se mantenga, es una elección personal.
Igual que lo es, nuestra manera de expresarlo.
El problema es que muchas veces podemos tener enojo crónico y no darnos cuenta.
Esto sucede, sobre todo, cuando lo hemos vivido desde niños, en nosotros mismos o en nuestros padres, por lo que podemos creer, que es lo "normal".
Algunas de las causas del enojo crónico son:
Lo aprendimos, imitando a nuestros padres, que no sabían como responder a sus problemas o relaciones, de otra manera.
El tener acumulado una gran cantidad de enojo, resentimiento y deseos de venganza, provocados por algún tipo de abuso durante nuestra niñez o adolescencia.
Estos sentimientos pueden surgir de forma automática o con la finalidad, consciente o no, de evitar que nos vuelvan a lastimar.
Cuando nos enojamos con frecuencia, nos volvemos mucho más sensibles a cualquier cosa que nos puede molestar e irritar.
Mientras más enojados estamos, nos es más difícil evaluar la situación con objetividad y manejar el coraje, formándose un círculo vicioso.
Entre las consecuencias del enojo crónico encontramos:
El enojo crónico repercute negativamente en todas nuestras relaciones.
Las deteriora, provoca desconfianza, resentimiento, miedo y/o agresión, en las personas con las que tratamos, a cualquier nivel.
Podemos pensar que el miedo es positivo, porque nos permite lograr aquello que queremos.
Sin embargo no es así.
La persona que nos tiene miedo o que está resentida con nosotros, va a buscar la manera de desquitarse, utilizando la agresión pasiva.
Nuestra actitud provoca que las personas se alejen de nosotros, por lo menos emocionalmente, por lo que acabamos sintiéndonos solos.
Además, el coraje nos afecta de la misma manera que el estrés, física y emocionalmente.
Por lo tanto, estamos expuestos a enfermarnos con mucha mayor facilidad.
En ocasiones, cuando estamos conscientes de nuestro enojo y de sus resultados finales, podemos sentir culpa, por no habernos podido controlar.
El sentimiento de culpa, por sí solo, no evita que nos enojemos, pero aumenta nuestro malestar.